SS Kanon III
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Dr. Tomoe
Publicado: Dom Mar 18, 2007 6:04 pm Responder citando
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CANTO IX

Aquel color que el temor mostró en mi rostro
al ver atrás mi Conductor volverse,
3 restringió muy rápido él en el suyo.
Atento como hombre a la escucha se detuvo;
porque el ojo era incapaz de divisar muy lejos
6 por la espesa niebla y por el aire negro.
Mas a nosotros corresponderá la victoria,
comenzó él: si no... así nos fue prometido.
9 ¡Oh cuánto tarda en llegar el otro!
Bien percibí yo como él cubriera
su comenzar con lo que después dijo,
12 que fueron palabras de lo anterior diversas.
Mas con todo su decir pavor me indujo,
porque pensaba que sus palabras truncas
15 de peor sentido eran del que él les diera.

¿A este fondo de este triste abismo
bajó nunca alguno del grado primero,
18 cuya sola pena es la esperanza ida?
Esta pregunta le hice yo a él:
Raro es que alguno, me repuso, vaya
21 por el camino por el que ahora voy.
Verdad es que hubo otra vez cuando aquí vine
por conjuro de la Erictón cruda,
24 que convocaba las sombras a sus cuerpos.
Poco hacía que de mí la carne fuera nuda
que me hizo ella traspasar tras este muro
27 para sacar a un espíritu del círculo de Judas.

Ese es el lugar más bajo y más oscuro
que más lejos está del Cielo que gira el todo.
30 Bien sé el camino: pero quédate seguro.
Este pantano que expira tal hedor
ciñe en derredor a la ciudad doliente,
33 al que entrar ya no podremos sin ira.
Y otras cosas dijo, que ya no tuve en mente,
porque el ojo habíame atraído todo entero
36 la alta torre de cumbrera ardiente.
Salieron súbito de allí rápidamente
tres furias infernales tintas de sangre
39 de miembros y de gestos femeninos;
verdísimas hidras las ceñían:
sierpes y cerastas eran sus crines
42 que las feroces sienes restringían.

Y aquel que bien conocía a las sirvientes
de la reina del eterno llanto:
45 Observa, me dijo, las feroces Erinias.
Esta es Megera la del siniestro lado;
aquella que a la derecha llora es Alecto
48 Tisífona está en el medio, y callóse un tanto.
Con las uñas lascerábanse ellas el pecho;
con las manos se golpeaban y tan alto gritaban
51 que de miedo me estreché al Poeta.
Venga Medusa: a que así lo hagamos piedra,
decían todas mirando abajo;
54 que mal del asalto de Teseo nos vengamos.

Vuélvete atrás, y cúbrete los ojos;
que si sale la Gorgona y tú la vieras
57 ya no podrías volver nunca arriba.
Así dijo el Maestro; y volvióme
él mismo, y no confiando en mis manos
60 me los cerró aún con las suyas.

¡Oh vosotros que tenéis el intelecto sano
mirad la doctrina que se esconde
63 bajo el velo de los versos extraños!

Y ya venía subiendo por las fangosas aguas
un alboroto de espantoso sonido
66 que hacía temblar a las orillas ambas;
a la manera de un viento
que, impetuoso por adversos ardores,
69 hiere a las selvas, y sin tregua alguna
las ramas rompe, abate y arroja afuera:
y adelante polvoriento va soberbio,
72 y las fieras ahuyenta y los pastores.
Liberóme pues los ojos y dijo: Alza arriba
el nervio de tu rostro tras aquella espuma antigua
75 allá por donde el humo es más acerbo.

Como las ranas ante la enemiga
culebra por el agua se disparan todas
78 hasta que en el cieno cada una se encierra;
vi yo más de mil almas destruidas
huir así ante el paso de uno
81 que el Éstige cruzaba a pie enjuto.
Apartábase del rostro aquel aire espeso
extendiendo a menudo adelante la siniestra;
84 se veía que de sólo aquel pesar cansado estaba.
Bien comprendí que era del Cielo mensajero
y volvíme al Maestro, que me hizo seña
87 de quedarme quieto, y de inclinarme ante él.

¡Ah cuán parecióme de desprecio lleno!
Vino ante la puerta y con una varilla
90 la abrió, sin encontrar resistencia.
¡Oh arrojados de Cielo, despreciable gente!
así comenzó sobre el horrible umbral,
93 ¿Cómo esta vuestra arrogancia persevera?
¿Porqué recalcitráis contra aquella voluntad
que nunca de su intento pudo ser movida
96 y que muchas veces os aumentó la pena?
¿De qué sirve cocear contra el destino?
Vuestro Cerbero, si bien os recordaís,
99 por ello tiene aún pelados el mentón y el cuello.
Luego volvióse por la sucia calle
sin decirnos nada; mas mostró apariencia
102 de hombre que otro cuidado más ciñe y acucia,
que aquel que es de quien tiene delante.
Y nosotros movimos los pies hacia la tierra,
105 seguros tras las palabras santas.

Adentro entramos sin ninguna guerra:
y yo que de mirar tenía deseo
108 la condición que tal baluarte encierra,
no bien estuve adentro, el ojo en torno envio:
y veo a todos lados un gran campo
111 de dolor lleno y de cruel tormento.
Como en Arles, donde se estanca el Ródano,
como en Pola cerca del Quarnero,
114 que Italia cierra y sus confines baña,
los sepulcros dan al campo variado aspecto:
así era aquí por todos partes,
117 salvo en el modo que era más amargo;
porque entre las tumbas había llamas esparcidas,
por ellas tan por completo inflamadas
120 más que lo fuera nunca fierro en una fragua.
Todas sus losas en sus puntales se alzaban,
y de allí salían durísimos lamentos
123 que bien parecían de míseros y atormentados.
Y yo: Maestro, ¿quiénes son estas gentes
que sepultados en estas arcas
126 sus suspiros dejan oír dolientes?
Y él a mi: Son heresiarcas
con sus secuaces, de toda secta, y muchas
129 más son las tumbas que no creyeras pobladas.
Igual con igual aquí están sepultos
y unas tumbas son más calientes que otras.

132 Y después que a la derecha se volviera,
pasamos entre los martirios y los altos muros.

CANTO X

Entonces se va por una estrecha calle
entre el muro del lugar y los martirios,
3 mi Maestro, y yo tras sus espaldas.

¡Oh virtud suma, que por los impíos giros
me conduces, comencé, como te place,
6 háblame, y mi deseos satisface!
La gente que en los sepulcros yace
¿podráse ver? Ya están alzadas
9 todas las losas, y no hay quien guarde.
Y él a mí: Todas quedarán cerradas
cuando de Josafat a este lugar regresen
12 con el cuerpo que allá arriba dejaron.
Su cementerio en esta parte tienen,
con Epicuro, todos sus secuaces
15 que el alma con el cuerpo morir hacen.

Pero a la pregunta que me haces
aquí dentro satisfecho serás luego,
18 y aún del deseo que tú me callas.
Y yo: Buen Conductor, si no he abierto
a ti mi corazón es por hablar poco;
21 que a ello antes de ahora me has dispuesto.

¡Oh Toscano, que por la ciudad del fuego
transcurres vivo hablando honestamente,
24 plúgate detenerte aquí en este sitio.
Por tu parla es claro y manifiesto
que en aquella noble patria habéis nacido,
27 a la cual tal vez fui asaz molesto.
Esta voz surgió súbitamente
de una de las arcas: y yo me arrimé,
30 temiendo, un poco más al Conductor mío.
Y él me dijo:¡Vuélvete! ¿Qué haces?
Míralo a Farinata que allí erguido,
33 lo verás de la cintura arriba entero.
Había ya fijado mi vista en su mirada:
y él se erguía del pecho y de la frente
36 como teniendo al Infierno en gran desprecio :
Y las animosas manos de mi Conductor prestas
fueron a impulsarme hacia él entre las tumbas,
39 diciendo: Que tus palabras sean claras.

Cuando al pie de su tumba junto estuve,
miróme un poco, y luego como desdeñoso
42 me preguntó: ¿Quiénes tus mayores fueron?
Yo, que de obedecer era deseoso,
no le oculté, mas se lo dije todo:
45 por donde las cejas alzó un poco;
luego dijo: Ferozmente adversos fueron
a mi, a mis padres y a mi partido,
48 tanto que por dos veces los eché dispersos .
Si los echaste, de todas partes volvieron,
le respondí, una y otra ambas las veces;
51 arte que los vuestros nunca bien aprendieron.

Entonces surgió a la vista descubierta
una sombra junto a él, hasta la barba:
54 creo que de rodillas se alzaba .
Miraba en torno mío, como teniendo deseo
de saber si alguien era conmigo;
57 y después de extinguidas sus sospechas
llorando dijo: Si vas por esta ciega
prisión por gracia de alto ingenio,
60 mi hijo ¿Dónde está? ¿Y porqué no va contigo?

Y yo a él: Por mi solo no vengo;
aquel, que allá espera, llévame por aquí;
63 a quien tal vez tu Guido tuvo en desprecio.
Sus palabras y el modo de su castigo
me habían hecho sospechar su nombre:
66 por eso la respuesta fue tan clara.
De pronto irguiéndose gritó: ¿Cómo
dijiste? ¿Tuvo? ¿Es que no vive todavía?
69 ¿No hieren sus ojos la dulce luz del día?
Cuando advirtió cierta demora
que postergaba la respuesta,
72 cayó de bruces y ya no apareció más fuera .

Mas aquel otro magnánimo, a cuyo lado
me había quedado, no mudó de aspecto,
75 no movió el cuello, no inclinó el cuerpo.
Y así, continuando lo primero,
Si aquel arte, dijo, mal aprendido, guardan,
78 eso más me atormenta que este lecho.
Mas no será cincuenta veces alumbrado
el rostro de la mujer que aquí reina
81 que tú sabrás cuánto aquel arte pesa.
Y si tal vez al dulce mundo vuelves,
dime ¿Porqué aquel pueblo es tan impío
84 en contra mía en cada una de sus leyes?
Por donde yo a él: El estrago y la matanza
que dejó al Arbia teñido de rojo,
87 tal sentencia provoca en nuestro templo.
Luego que suspirando sacudiera la cabeza:
No estuve solo, dijo, ni por cierto
90 no sin razón con los otros me mantuve:
Mas yo fui el único, cuando aprobaron
todos arrasar toda Florencia,
93 que a defenderla estuve a rostro manifiesto .

¡Ah, que repose alguna vez vuestra simiente!
le dije, mas resuélveme este nudo,
96 en el que está enredado mi sentido.
Pues parece que tu vieras, si bien oigo,
adelante a lo que el tiempo traerá consigo,
99 aunque ves el presente de otro modo.

Vemos nosotros como el que tiene poca luz,
las cosas, dijo, que están lejanas;
102 como tanto aún nos alumbra el sumo Jefe;
cuando se aproximan o son, es todo vano
nuestro intelecto; y si nadie nos ilustra
105 nada sabemos de vuestro estado humano.
Por donde podrás ver, que enteramente muerto
estará nuestro saber en aquel punto
108 cuando del futuro quede cerrada la puerta.

Entonces como de mi culpa compungido,
dije: Dirás entonces a ese que ha caído
111 que su progenie está aún junto a los vivos.
Y si yo estuve en la respuesta mudo
hazle saber que así lo hice, porque pensaba
114 en el error que tú me has resuelto .

Pero ya mi Maestro reclamaba
que rogara al espíritu más prestamente
117 a que dijera quienes con él estaban.
Díjome: Con más de mil aquí yazgo,
aquí adentro está el segundo Federico
120 y el Cardenal, de los demás me callo.

Se ocultó entonces, y yo al antiguo
Poeta volví los pasos, repensando
123 en ese hablar que parecía enemigo.
El se movió, y después así andando
me dijo: ¿Porqué estás tan confuso?
126 Y yo le satisfice su demanda.
Que tu mente conserve lo que ha oído
en contra tuya, me recomendó aquel Sabio,
129 y ahora atiende a esto: y levantó el dedo.
Cuando estés delante del dulce rayo
de aquella, cuyos bellos ojos lo ven todo,
132 de ella sabrás de tu vida el viaje.
Luego su pie volvió a la izquierda:
el muro dejamos, y fuimos hacia el medio
135 por un sendero que a un valle lleva,
que hasta aquí arriba exhalaba su hedor.

CANTO XI

Por el extremo de un alto risco
de grandes piedras rotas en círculo,
3 arribamos a una más cruel caterva:
y allí, por el ultraje horrible
de la fetidez que el profundo abismo arroja,
6 nos abrigamos detrás de la cubierta
de un gran sepulcro, donde vi una escritura
que decía: A Anastasio Papa encierro,
9 a quien Fotino arrastró del camino recto.

Nuestro descenso conviene que sea tardo,
para que antes se habitúe un poco el sentido
12 al triste hedor, y luego ya no haya que guardarse.
Así el Maestro; y yo: Alguna compensación,
le dije, busca para que el tiempo
15 no se pierda en vano; y él: En eso pienso.
Hijito mío, en medio de estas rocas,
comenzó a decir, hay tres menores círculos
18 de grado en grado, como los que has dejado.
Todos están llenos de espíritus malditos:
Pero para que después te baste la vista ,
21 entiende cómo y porqué están así circunscritos.

De toda maldad que al odio el cielo excita
la injuria es el fin, y todo tal propósito
24 con fuerza o con fraude a otro contrista.
Mas como defraudar es propio mal del hombre,
más desplace a Dios: por eso más abajo están
27 los fraudulentos, y mayor dolor los acosa.

De los violentos es todo el primer círculo;
mas como se violenta a tres personas,
30 en tres recintos fue dividido y construido.
A Dios, a sí, al prójimo, se pone
violencia, digo en la persona y en sus cosas,
33 como oirás con abiertas razones.

Muerte violenta y heridas dolorosas
en el prójimo se dan, y en sus haberes
36 ruinas, incendios y rapiñas dañosas:
por donde a homicidas y a todo el que mal hiere,
devastadores y ladrones, a todos atormenta
39 el primer recinto en diversas legiones.

Puede el hombre en sí poner mano violenta
y en sus bienes: y por eso en el segundo
42 recinto conviene que sin provecho se arrepienta
cualquiera que se priva de vuestro mundo,
juega y disipa su fortuna,
45 y llora allí donde debería estar jocundo.

Puédese violentar a la Deidad,
en el corazón negando o blasfemando de ella,
48 y despreciando la naturaleza y su bondad:
por eso el menor recinto marca con fuego
su sello a Sodoma y a Cahors
51 y a quien, de corazón, habla en desprecio de Dios.

Con el fraude, que a toda conciencia hiere,
puede el hombre abusar de quien confía,
54 y de quien a la confianza no da albergue.
En este modo segundo, parece que aún mata
el vínculo de amor que la naturaleza crea;
57 por donde en el círculo segundo anida
hipocresía, adulación y hechicería,
falsedad, latrocinios, simonía,
60 rufianes, truhanes y similares inmundicias.

En el primer modo, aquel amor se olvida
que la natura crea, y lo que después de agrega,
63 de lo cual la fe especial se cría:
y así en el círculo menor, donde está el centro
del universo, sobre el que se asienta Dite,
66 todo traidor eternamente se consume.

Y yo: Maestro, bien claramente
procede tu razón, y muy bien distingue
69 a este báratro y al pueblo que contiene.
Pero dime: los de aquel pantano cenagoso,
que arrasa el viento, y la lluvia azota
72 y se afrentan con tan grandes maldiciones,
¿porqué no dentro de la ciudad ardiente
son castigados, si Dios los tiene en su ira?
75 y si no los tiene, ¿porqué están en la parte aquella?

Y él a mí: ¿Porqué tanto delira,
dijo, el ingenio tuyo en contra de lo que suele?
78 ¿O es que tu mente hacia otro lado mira?
¿No recuerdas las palabras
de las de tu Etica que a fondo trata
81 las tres disposiciones que rechaza el Cielo:
incontinencia, malicia y la bestialidad
demente? ¿y cómo incontinencia
84 menos ofende a Dios y menor censura gana?
Si observas bien esta sentencia,
y traes a la mente quienes son aquellos
87 que fuera de aquí sostienen penitencia,
bien verás porqué de estos felones
están separados, y porqué menos penosa
90 la divina venganza los martilla.

¡Oh Sol que sanas toda vista conturbada
me satisfaces tanto cuando así esclareces,
93 que, no menos que saber, dudar me agrada!
Vuélvete ahora un poco más atrás
dije yo, allá donde dijiste que la usura ofende
96 a la divina bondad, y el escollo resuelve.
La filosofía, me dijo, a quien la entiende,
nota y no sólo en un lugar,
99 cómo la naturaleza su curso prende
del divino intelecto y de su arte;
y si tú bien tu Física recorres
102 encontraras no lejos de unas páginas
que vuestro arte, a él, en cuanto puede,
sigue, como al maestro el que aprende,
105 y así vuestro arte de Dios es casi el nieto.
De estos dos, si traes a tu mente
la Génesis del principio, conviene
108 concordar su vida y avanzar la gente.
Y como el usurero otro camino sigue,
a la natura en sí, y a su secuaz
111 desprecia, pone así en otra parte su esperanza.
Mas sígueme ahora, que apresurarnos me place:
ya los Peces se deslizan sobre el horizonte,
114 y todo el Carro sobre el Coro yace,
y el promontorio un poco más allá desmonta.

CANTO XII

Era el lugar, donde a bajar la cuesta
venimos, montañoso, y por quien allí estaba,
3 era tal, que toda mirada le sería esquiva.
Como aquella ruina, cuyo flanco
de acá de Trento azotó el Adigio,
6 o por terremoto o de base falta,
que de la cima del monte, despeñóse,
al valle, y allí tal está quebrantada
9 que alguna senda ofrece al que bajara;
así por aquel precipicio era el descenso:
y en la cumbre de la rota pendiente
12 la infamia de Creta tendida estaba,
concebido que fue de falsa vaca;
cuando nos vio, se mordió a sí mismo
15 como aquel a quien la ira por dentro atrapa.

Mi Sabio al verlo le gritó: ¿Por ventura
crees que está aquí el duque de Atenas,
18 que allá en el mundo te dio muerte?
Apártate, bestia, que este no viene
amaestrado por tu hermana,
21 sino por ver las penas vuestras.
Como el toro rompe el lazo de sus patas
cuando el golpe mortal ha recibido,
24 que huir no puede, mas aquí y allá se revuelve,
así de igual vi yo volverse al Minotauro,
y aquel prudente me gritó: Corre al desfiladero;
27 mientras está furioso, bueno es que bajes.
Así nos fuimos por el derrumbe
de aquellas piedras, que más se movían
30 bajo mis pies, por la nueva carga.

Iba yo pensativo y me dijo: Tú piensas
tal vez en esta ruina que está guardada
33 por aquella ira bestial por mi vencida.
Quiero ahora que sepas, que la otra vez
que descendí yo allá, al bajo infierno,
36 esta roca aún no estaba cascada.
Mas ciertamente poco antes, si bien discierno,
que Aquel viniera, que la gran presa
39 arrebató a Dite del círculo superno,
por todas partes el alto valle hediondo
tembló tanto que yo pensé que el universo
42 sintiera amor, por lo cual hay quien crea
que muchas veces el mundo volvió al Caos;
y en aquel punto esta vieja roca
45 revuelta fue aquí y en otras partes.

Mas fija los ojos abajo, que se acerca
el río de sangre, en el que hierve
48 todo el que por violencia a otro daña.
¡Oh ciega avidez!, ¡Oh loca ira,
que tanto nos acucia en la corta vida,
51 y en la eterna luego a tanto nos inmola!

Vi entonces un amplia fosa en arco conformada
como corona que todo el llano abraza,
54 como me había dicho mi escolta:
y entre el pie de la roca y ella, en hilera
corrían Centauros armados de saetas
57 como solían en el mundo salir de caza.
Viéndonos callar, se detuvieron,
y tres se separaron de la hilera
60 ya con arcos y flechas preparados:
y uno gritó de lejos: ¿A qué martirio
venís vosotros, los que bajáis la cuesta?
63 Decidlo ahora, o el arco suelto.
Mi Maestro dijo: La respuesta
a Quirón se la daremos, aquí y de cerca:
66 funesta fue siempre tu precipitada osadía.

Después me tocó y dijo: Aquel es Neso,
el que murió por la bella Deyanira,
69 y él mismo, de sí mismo, creó venganza.
Y aquel del medio que el pecho se mira,
es el gran Quirón, nutricio de Aquiles:
72 aquel otro es Folo, que fue tan lleno de ira.
En torno al foso van de a miles
asaeteando a las almas que se salen
75 de la sangre más de lo que su culpa tolera.

Nos acercamos a aquellas ágiles fieras:
Quirón tomó una flecha, y con la contera
78 echó las barbas detrás de sus quijadas.
Descubierta entonces la enorme boca
dijo a sus colegas: ¿Os habéis dado cuenta
81 que el de atrás mueve todo lo que toca?
Así no hacen los pies de los muertos.
Y mi buen Maestro que hasta el pecho le llegaba
84 donde las dos naturalezas se conciertan,
repuso: Sí, que está vivo, y yo solamente
debo mostrarle el sombrío valle:
87 necesidad lo lleva, y no placer.
Una que interrumpió su aleluya
fue la que me encomendó este oficio nuevo:
90 No es él ladrón, ni yo alma ratera.
Mas por aquella virtud, por la cual muevo
mis pasos por tan salvaje senda,
93 danos uno de los tuyos por compañero
que nos indique un lugar de paso
y que a éste en las ancas lleve,
96 que no es espíritu que por el aire vuele.
Quirón se volvió a la derecha tetilla
y dijo a Neso: Ve y así los guía
99 y hazlos transar si se os opone otra tropa.

Nos movimos con la escolta adicta
por el largo de la bermeja orilla,
102 donde chillaban los que allí hervían.
Vi gente sumergida hasta las cejas;
y el gran Centauro dijo: Estos son tiranos
105 que de la sangre vivieron y del poseer robado.
Aquí se lloran los despiadados daños;
ved allí a Alejandro y al Dionisio fiero
108 que vivir hizo a Sicilia dolorosos años.
Y aquella frente de pelo tan negro
es Azzolino; y aquel otro que es rubio
111 es Obezzo de Este, que de verdad
fue muerto por su hijastro allá en el mundo.
Entonces me volví al Poeta el cual me dijo:
114 que éste te valga ahora primero y yo segundo.

Un poco más allá el Centauro se detuvo
cerca de una gente que hasta la garganta
117 salir de aquel hervidero se veían.
Nos mostró una sombra apartada y sola
diciendo: Hirió este en el regazo de Dios
120 al corazón que en el Támesis aún se honra.
Después vi gente que fuera del río
sacaban la cabeza y aun todo el pecho:
123 y de estos reconocí a muchos.
Y así poco a poco se hacía menos profunda
aquella sangre que ya sólo los pies cocía;
126 y allí fue de aquel foso nuestro paso.

Así como de esta parte tú contemplas
que el caldo hirviente va disminuyendo,
129 dijo el Centauro, quiero que sepas
que en esta otra orilla más y más hunde
su fondo hasta que al final llega a aquel punto
132 donde concierne que la tiranía gima.
La divina justicia allí castiga
al que de la tierra fue flagelo, Atila,
135 y a Pirro y Sexto; y eternamente exprime
lágrimas por el hervor derramadas,
a Renato de Corneto y a Renato Pazzo,
138 que en los caminos hicieron tanta guerra.
Entonces se volvió y repasó el vado.

CANTO XIII

No había aún de allá llegado Neso,
cuando nos metimos en un bosque
3 no señalado por sendero alguno.
No verdes frondas, mas de color oscuro,
no rectas ramas, sino nudosas y enredadas,
6 no había frutas, sino espinas venenosas.

Ni en tan ásperos bosques moran, ni en tan espesos,
aquellas fieras salvajes que aborrecidos tienen
9 los cultivados campos entre Cecina y Corneto.

Aquí su nido hacen las tétricas Arpías,
que de las Estrofíades echaron los Troyanos,
12 con triste anuncio de futuros daños.
Alas tienen anchas, y cuello y rostro humanos,
pies con garras, y el gran vientre emplumado:
15 lanzan lamentos sobre los árboles extraños.

Y el buen Maestro: Antes que más te adentres,
sabe que te hallas en el segundo recinto,
18 comenzó a decirme, y aquí estarás,
hasta que veas el arenal horrible.
Por tanto atento mira, y así verás
21 cosas que darán fe de mis palabras.

De todos lados oía gemidos
y no veía a nadie que gimiera:
24 por donde temeroso me detuve.

Yo creo que él pensaba que yo creía
que tantas voces, de la espesura, eran
27 de gentes que de nosotros se ocultaban.
Sin embargo, dijo el Maestro, si quiebras
de una de estas plantas una rama,
30 la idea que tienes verás que es errada.

Extendí entonces la mano hacia adelante
y una ramita cogí de un gran endrino:
33 y su tronco gritó: ¿Porqué me quiebras?

Quedó entonces de oscura sangre teñido
y volvió a gritarme: ¿Porqué desgarras?
36 ¿No tiene tu espíritu piedad alguna?
Hombres fuimos y ahora nos han hecho plantas:
bien debería ser más piadosa tu alma
39 aunque fuéramos de sierpes almas.

Como el tizón verde, que encendido
en un extremo, por el otro gotea,
42 y chilla en el soplo que arroja fuera,
así del leño aquel brotaban juntas
sangre y palabras: así dejé caer
45 la rama, y me detuve como el que teme.

Si éste hubiera podido creer primero,
repuso el Sabio mío, ¡Oh alma herida!,
48 lo que antes había visto en mis rimas,
no habría hacia ti alargado el brazo;
mas lo increíble de la cosa hízome
51 inducirlo a obrar, lo que a mi mismo pesa.
Mas dile quien tú fuiste, que así por manera
de enmienda, tu fama refresque
54 allá en el mundo, a donde tornar puede.

Y el tronco: Si con dulces palabras me llevas,
callar no puedo; a vosotros que no os pese
57 porque un poco a razonar me entretenga.
Yo soy aquel que tuvo las dos llaves
del corazón de Federico, y que las giré
60 abriendo y cerrando tan suave,
que de su confianza a todo hombre aparté:
mi fidelidad puse en aquel glorioso oficio,
63 tanta que allí perdí venas y pulsos.
La meretriz, que no apartó nunca
del palacio de César sus ojos putos,
66 peste común, y de las cortes vicio,
enardeció en contra mía todas las almas,
y los enardecidos enardecieron tanto a Augusto,
69 que el feliz honor tornaron en triste luto.
Mi espíritu por desdeñoso gusto,
creyendo en el morir huir el desprecio,
72 injustamente en contra mía me hizo justo.
Por las nueve raíces de este leño
os juro que jamás falté a la confianza
75 de mi señor, que fue de honor tan digno.
Y si alguno de vosotros al mundo vuelve,
reafiance mi memoria, que aún yace
78 bajo el golpe que le dio la envidia.

Esperó un poco el Poeta y luego:
Puesto que calla, me dijo, no te demores;
81 mas háblale y pregúntale, si más te place.
Y yo a él: Pregúntale tú ahora
de lo que creas que más me satisfaga;
84 que no podré yo: tanta piedad me adolora.

Entonces comenzó: Si cumplimos contigo
liberalmente lo que tu pedido ruega,
87 espíritu encarcelado, que aún te plazca
decirnos como el alma se amarra
en estos nudos; y dime si puedes
90 si alguna nunca de tales miembros se suelta.

Entonces sopló fuerte el tronco, y luego
ese viento se hizo voz:
93 Brevemente os daré respuesta.
Cuando se aparta el alma feroz
del cuerpo, del que ella misma se arranca,
96 Minos la envía a la séptima fosa.
Cae en la selva, sin lugar elegido;
mas allí donde la fortuna la lanza,
99 allí germina como semilla de espelta;
surge en retoño, y en silvestre planta.
Las Arpías luego de sus hojas paciendo,
102 causan dolor, y al dolor dan vía abierta.
Como todos, vendremos por nuestros despojos,
pero no para que alguno los vista de nuevo:
105 no es justo que el hombre posea lo que se quitó.
Aquí los acarrearemos, y en esta triste
selva quedarán nuestros cuerpos suspendidos,
108 cada uno del endrino de la sombra tan molesta.

Estábamos todavía junto al tronco en espera,
creyendo que algo más nos diría,
111 cuando nos sorprendió un rumor,
parecido al que venir siente
el jabalí y la caza hacia su sitio,
114 que la jauría oyen y el fragor del ramaje.
Y luego aparecieron dos del siniestro lado
desnudos y lacerados, huyendo tan a prisa
117 que de la selva todas las ramas rompían.
El de adelante: acude ya, acude muerte.
Y el otro que tanto no corría,
120 gritaba: Lano, tan ágiles no tenías
las piernas en el torneo del Topo.
Y porque falto tal vez de aliento,
123 hizo un cosa de sí y de un arbusto.
Detrás de él la selva estaba llena
de negras perras, corriendo hambrientas
126 como lebreles que han perdido la cadena.
En aquel que se ocultó echaron los dientes
y lo despedazaron parte tras parte;
129 y se llevaron luego aquellos miembros dolientes.

Me tomó entonces mi escolta de la mano
y llevóme hasta el arbusto que lloraba,
132 por las heridas ensangrentadas en vano.
¡Oh Jacobo de san Andrés!, decía,
¿Con qué provecho me tomaste por refugio?
135 ¿Qué culpa tengo yo de tu vida criminal?

Cuando el Maestro cerca de él estuvo
dijo: ¿Quién fuiste tú que por tantas puntas
138 soplas con sangre doloroso discurso?
Y él a nosotros: ¡Oh almas que habéis venido
a contemplar el desonesto estrago
141 que a mis tantas frondas de mí ha separado!
Recogedlas al pié del triste arbusto.
Yo fui de la ciudad que por el Bautista
144 trocó su primer patrono: el cual por ello
con su arte siempre la tendrá contrista:
y si no fuera que en el puente del Arno
147 aún se conserva una imagen suya,
los ciudadanos, que otra vez la fundaron
de las cenizas que de Atila quedaron,
150 todo su trabajo hubieran hecho en vano.
Yo me hice de mi propia casa un patíbulo.

CANTO XIV

Condolido por el amor de mi lugar natal,
me di a recoger la dispersa fronda
3 y a retornarla a aquel cuya voz desvanecía.

De allí llegamos al confín donde se parte
el segundo recinto del tercero, y donde
6 se ve de la justicia horrible arte.
A bien manifestar las cosas nuevas,
digo que llegamos a un áspera llanura
9 de cuyo manto a toda planta destierra.
La dolorosa selva le es guirnalda
en torno, como el triste foso a aquella;
12 detuvimos el paso allí, al borde mismo de la playa.
El espacio era un arena árida y espesa,
semejante a aquella otra
15 que fue del pie de Catón hollada.

¡Oh venganza de Dios, cuánto debes
ser temida por todo aquel que lee
18 lo que entonces apareció a mis ojos!

De almas desnudas vi un gran rebaño
llorando todas juntas miserablemente,
21 y al parecer sujetas a diversas leyes.
Supinas yacían en tierra algunas gentes,
sentadas otras en total encogimiento,
24 y otras caminaban continuamente.
Las que giraban de continuo eran mayoría
y menos las que yacían bajo el tormento
27 aunque el dolor más la lengua les soltaba.

Por todo el arenal, en forma lenta,
llovían grandes copos de fuego,
30 como cae la nieve en la montaña si no hay viento.
Como Alejandro en aquellas ardientes tierras
de la India vio sobre su ejército caer
33 llamas que en el suelo firmes yacían,
por lo que mandó pisotear el suelo
a la tropa, pues los febriles efluvios
36 separados mejor se extinguían,
tal descendía el sempiterno ardor;
y así la arena ardía, como yesca
39 bajo el pedernal, y duplicaba el dolor.
Sin reposo nunca era la loca danza
de las miserables manos, aquí y allá
42 apartando de sí el renovado calor.

Y comencé: Maestro, tu que venciste
todo, salvo aquellos duros demonios
45 que a la entrada nos hicieron frente,
¿Quién es aquel grande que al parecer no cura
del incendio, y yace retorcido y desdeñoso
48 como si no lo hiriera la lluvia?

Y aquel mismo percatado
que de él yo a mi Guía preguntaba
51 gritó: Como vivo era, tal soy muerto.
Si fatigara Jove a su herrero de quien
atormentado tomó el agudo rayo
54 con el que en mi último día fui azotado;
o si fatigara a los otros día tras día
del Mongibelo de hocicos negros,
57 clamando “Buen Vulcano, ayúdame, ayúdame!”,
así como en la pelea de Flegra hiciera
y me clavara saetas con su fuerza entera:
60 aún así no obtendría de mi una feliz victoria.

Entonces el líder mío habló con tal vehemencia
como yo nunca con tanta fuerza lo había oído:
63 Oh Capaneo, en lo mismo que no se amengua
tu soberbia, está tu castigo;
ningún martirio, fuera de tu misma rabia,
66 sería a tu furor dolor cumplido.
Luego volvióse a mí con mejor labia
diciendo: Ese fue uno de los siete reyes
69 que asediaron Tebas; y tuvo y aún tiene
a Dios en desprecio, y no parece que ruegue;
pero, como a él le dije, sus despechos
72 son en su pecho una bien debida llaga.

Ahora ven detrás mío, y nuevamente cuida
de no poner los pies sobre la ardiente arena;
75 mas cuida del bosque tener los pies al borde.

Callados fuimos allá donde brotaba
fuera del bosque un breve riachuelo
78 cuya rojez todavía me horripila.
Cual del Bulicame sale un arroyuelo
que comparten entre si las pecadoras,
81 tal por la arena allá corría su curso.
Su fondo y ambas sus orillas
eran de piedra, y las márgenes alzadas,
84 por lo que comprendí que por allí el paso era franco.
Entre todas las cosas que te he enseñado,
desde que por aquella puerta ingresamos
87 cuyo umbral a nadie le es negado,
tus ojos no han visto cosa alguna
más notable como el presente río,
90 que sobre sí todas las llamas amortigua.
Estas palabras fueron de mi Conductor
y entonces le rogué que me entregara el alimento
93 del que entregado el hambre ya me había.

En medio del mar hay un arruinado país,
dijo él entonces, llamado Creta,
96 bajo cuyo rey ya fuera el mundo casto.
Tiene una montaña antaño feliz
en aguas y en verde fronda, llamada Ida,
99 y que hoy está yerma como una cosa vieja.
Rea la hubo elegido como segura cuna
de su hijito, y por mejor celarlo,
102 cuando lloraba, que dieran gritos hacía.

Dentro del monte yérguese en pie un anciano
que hacia Damiata vuelta tiene la espalda
105 y a Roma mira como a su espejo.
Su testa de fino oro está formada
y de pura plata brazos y pecho,
108 luego es de bronce hasta la entrepierna;
de allí hasta abajo es de fino hierro,
salvo que de terracota es el pie derecho;
111 se apoya en éste, más que en el otro, erecto.
Cada parte, excepto el oro, está rota
en una fisura de donde lágrimas llora
114 que reunidas perforan aquella gruta.

Su curso en este valle cae de roca en roca;
formando el Aqueronte, el Éstige y el Flegetonte;
117 luego se va por este conducto estrecho,
y en fin, allá donde ya más no se desciende,
forma el Cocito, y cual sea ese estanque
120 tu lo verás, que aquí nada se cuenta.
Y yo a él: Si este reguero
derívase así de nuestro mundo,
123 ¿porqué aflora sólo solamente en esta orilla?
Y él a mí: Sabes que este lugar es redondo;
y aunque hayas andado mucho,
126 por el siniestro lado siempre hacia el fondo,
aún no has dado vuelta por el cerco todo;
por donde si alguna cosa nueva te parece,
129 que no haya sorpresa en tu rostro.

Y yo aún: Maestro, ¿se encuentra dónde
el Flegetón y el Lete? Que del uno callas,
132 y del otro dices estar hecho de esas lágrimas.
Tus preguntas cierto me placen todas,
repuso, mas el hervir del agua roja
135 bien debería resolverte una.
Verás el Lete, mas fuera de esta fosa,
allá donde a lavarse van las almas
138 y la culpa arrepentida se les trueca.
Luego me dijo: Ya de apartarse es la hora
del bosque; que vengas tras de mi procura;
141 no estando ardidos, los bordes nos son ruta,
y sobre ellos todo el vapor se esfuma.

CANTO XV

Nos lleva ahora una de las duras márgenes:
y el humo del arroyo tal niebla les hace
3 que del fuego salva el agua y las orillas.

Como los Flamencos entre Gante y Brujas,
temiendo las olas que se les avanzan
6 levantan diques para que el mar se aleje;
y al igual que los Paduanos a lo largo del Brenta
para amparar sus castillos y pueblos
9 antes que el Carentana el calor sienta;
de tal manera estas riberas,
aunque no eran tan altos ni tan gruesas,
12 cualquiera fuese quien las construyera.

Ya de la selva nos habíamos alejado tanto
que no podía verla desde donde estaba
15 aunque me hubiera vuelto a mirar atrás,
cuando de almas encontramos una hilera
cada una, viniendo por la ribera,
18 mirándonos como suele en la noche
mirarse uno al otro bajo la luna nueva,
y para así vernos aguzaban la vista
21 como mira el viejo sastre al ojo de la aguja.

Escrutados así por esa tal familia
de uno fui conocido, que me tomó
24 por el ruedo y me gritó: ¡Maravilla!
Y yo, cuando zafé de su brazo,
fijé tanto la vista en su cocido aspecto,
27 que aún a pesar de su abrasado rostro
pude reconocerlo en mi intelecto;
e inclinando hacia su faz la mía
30 respondíle: ¿Vos aquí, maestro Brunetto?
Y él: Hijito mío, no te desplazca
si Brunetto Latino contigo un poco
33 se retrasa y deja al tropel que vaya.
Y yo le dije: Cuanto pueda os lo ruego;
y si queréis que juntos nos sentemos
36 lo haré, si place a aquel que va conmigo.
Hijito mío, dijo, si alguno de este rebaño
hace alto un instante, luego por cien años
39 queda sin defensa bajo el fuego que lo hiere.
Mas sigue adelante, que yo iré a tu lado,
y luego alcanzaré a mi manada,
42 que va llorando sus eternos daños.

No osaba yo bajar de la orilla
para andar a su par; mas inclinado el rostro
45 llevaba en gesto deferente.

Y comenzó: ¿Qué fortuna o destino
antes del último día aquí te trae?
48 y ¿quién es aquel que apunta el camino?
Allá arriba, en la vida serena,
le respondí, me perdí en un valle
51 antes que mi edad fuera plena.
Sólo ayer de mañana le volví la espalda;
este me apareció, cuando me volvía al valle,
54 y recondújome aquí por esta calle.

Y él a mi: Si sigues tu estrella
errar no puedes el glorioso puerto
57 como bien advertí en la vida bella;
y si no hubiera tan pronto muerto,
viendo el cielo para ti tan benigno,
60 confortado en tu obra yo te hubiera.

Pero aquel ingrato pueblo maligno
que desciende de Fiésole ab anticuo
63 que mucho tiene de monte y piedra,
será, a causa de tu buen obrar, tu enemigo;
y es de razón, porque entre ásperos serbales,
66 no es conveniente disfrutar del dulce higo.
Una vieja fama en el mundo los llama ciegos,
avara gente, envidiosa y soberbia:
69 de sus costumbres guárdate pulcro.
Tu fortuna tanto honor te reserva
que unos y otros tendrán hambre
72 de ti; pero que lejos del pico sea la hierba.
Hagan las bestias fiesolanas de sí mismas
pasto; y que no toquen la planta
75 si aún alguna en su estiércol crezca,
de la cual renazca la semilla santa
de aquellos Romanos que aún quedaron
78 cuando se hizo nido de malicia tanta.

Si plenamente mi deseo se cumpliera
le respondí, vos no estaríais todavía
81 de la humana naturaleza puesto fuera;
que fijo en la mente guardo, y me contrista
ahora, la querida y buena imagen paterna
84 de vos cuando en el mundo, de tanto en tanto,
me enseñabais cómo se inmortaliza el hombre:
y cuanta gratitud de ello guardo, mientras viva,
87 es necesario que mi lengua lo discierna.
Lo que narráis del curso de mi vida grabo,
y lo guardo para glosarlo con otro texto
90 a dama que sabrá, si a ella arribo.
Solo quiero que os sea manifiesto,
para que mi conciencia no reproche,
93 que a la Fortuna, lo que quiera, yo estoy presto.
No es nuevo a mis oídos tal presagio:
pero gire su rueda como le plazca
96 la Fortuna, y el villano su azada.

Mi maestro entonces vuelta su mejilla
a la derecha, volvióse y mirándome
99 me dijo: Bien escucha quien lo acota.

No obstante continúo hablando
con maese Brunetto, y quienes son le pregunto
102 sus compañeros más nobles y famosos.
Y me dijo: Saber de alguno es bueno;
de los otros mejor será callarse,
105 que a tanta charla el tiempo sería corto.
En suma, sabe que son clérigos todos
y grandes literatos y de gran fama,
108 de un mismo pecado sucios.
Prisciano va con esa turba mezquina,
y Francisco de Accorso también; y si de ver
111 esa tiñosa caterva tendrías el deseo
verás aquel que por el siervo de los siervos
fue trasladado del Arno al Bacchiglione
114 donde dejó sus mal extendidos nervios.

Más hablaría, pero el viaje y el sermón
alargarse más no puede, porque ya veo
117 surgir nuevo humo del arenal.
Vienen gentes con las que estar no deseo,
Séate recomendado mi Tesoro
120 en el que vivo todavía, y nada más pido.

Volvióse luego, y parecía uno de aquellos
que corren en Verona el palio verde
123 en la campiña; y parecía ser de aquellos
que ganan, y no de los que pierden.

CANTO XVI

Estaba ya donde se oía el estruendo
del agua que caía en el siguiente giro
3 semejante al rumor de las colmenas,
cuando juntas tres sombras se apartaron,
corriendo, de un tropel que pasaba
6 bajo la lluvia del áspero martirio.
Venían a nosotros, y cada una gritaba:
Detente, tú, que por el ropaje pareces
9 ser uno de nuestra tierra depravada.

¡Ay de mi! Qué plagas vi en sus miembros,
recientes y viejas, producidas por las llamas!
12 Todavía me duele de solo recordarlas.

A sus gritos mi doctor se detuvo:
Volvió su rostro a mi y: Ahora espera,
15 dijo, con estos corresponde ser cortés.
Y si no fuera el fuego que asaeta
la naturaleza del lugar, yo diría
18 que más a ti que a ellos valdría la prisa.

Así que nos detuvimos, recomenzaron ellos
el anterior verso; y cuando a nosotros llegaron
21 entre los tres formaron una ronda.

Como los campeones solían hacer, nudos y untos,
sondear la presa y buscar ventaja,
24 antes de entrar al castigo y al combate,
así rondando, cada uno el visaje
me dirigía, de modo que contrario al pie
27 el cuello hacía continuo viaje.

Si la miseria de este arenoso sitio
torna en desprecio a nos y a nuestros ruegos,
30 comenzó uno, y el negro aspecto y lo desnudo,
que nuestra fama pliegue tu alma
para decirnos quien eres, que los pies vivos
33 por el infierno friegas tan seguro.

Este, cuyas huellas perseguir me ves,
por más que desnudo y excoriado vaya
36 fue de mayor rango de lo que creyeras:
fue nieto de la buena Gualdrada,
Guido Guerra tuvo por nombre, y en su vida
39 con su talento hizo mucho y con su espada.

El otro, que junto a mi la arena pisa,
es Tegghiajo Aldobrandini, cuya voz
42 allá en el mundo debería ser agradecida.
Y yo, que en cruz con ellos estoy puesto,
Jacobo Rusticucci fui, y por cierto
45 mi fiera esposa me dañó más que nadie.

Si hubiera estado a cubierto del fuego,
abajo me hubiera lanzado entre ellos,
48 y creo que el doctor lo habría sufrido;
mas, como yo sería quemado y cocido,
venció en mi el miedo al buen anhelo
51 que de abrazarlos me tenía tenso.

Después comencé: No desprecio sino pena
vuestra condición dentro de mi provoca,
54 tanta que tarde se desvanecerá toda,
luego que este mi señor me dijo
palabras por las que yo comprendí
57 que tal cual sois, tal era la gente que venía.
De vuestra tierra soy, y siempre siempre
vuestra obra y los honrosos nombres
60 he retenido y escuchado con afecto.

Dejo las hieles y voy por las dulces pomas
que mi veraz Conductor me ha prometido;
63 pero antes es preciso descender hasta el centro.

Así largamente porte tu alma
sus miembros, continuó aquel todavía,
66 y así después brille tu fama,
dinos si cortesía y valor aún moran
en nuestra ciudad como solían,
69 o si del todo han sido echadas fuera;
porque Guillermo Borsiere, que con nosotros
sufre desde hace poco, y va con los otros,
72 tanto con sus historias nos tortura.

La nueva gente y las súbitas ganancias
orgullo y desmesura han engendrado,
75 Florencia, en ti, tanto que ya te plañes.
Así grité con el rostro alzado;
y los tres, que la respuesta entendieron,
78 miráronse uno al otro como quien se asombra.
Si en ocasiones com ésta tan poco te cuesta,
respondieron todos, satisfacer preguntas,
81 ¡Feliz de ti, que dices lo que sientes!
Pero, si sales de este lugar oscuro,
y a ver las bellas estrellas vuelves,
84 cuanto te plazca decir ¡Allí estuve!
haz que de nosotros los hombres hablen.
De allí, quebraron la ronda, y huyeron
87 tan velozmente, que alas parecían sus piernas.

Un amén no hubiera podido decirse
en el breve tiempo en que se fueron,
90 por lo que al maestro pareció bien irnos.
Yo lo seguía, y poco habíamos ido,
cuando el fragor del agua fue tan vecino
93 que de hablar apenas nos oiríamos.

Como aquel río que hace camino
del Monte Viso hacia el levante,
96 en la siniestra costa del Apenino,
que se llama Acquacheta arriba, que antes
de derramarse allá en el bajo lecho,
99 y en Forli de ese nombre quedar vacante,
allá atruena sobre San Benedetto
y de los Alpes cae en un solo rugiente salto
102 en vez de un millar de cascadas quietas;
así, por abajo de un risco quebrado,
hallamos tronando aquella teñida agua,
105 tanto que en poco tiempo el oído nos hiriera.

Tenía yo en torno ceñida una cuerda,
con la que alguna vez hube pensado
108 atar la pantera de la manchada piel.
Una vez que desatada la tuve,
como mi Conductor me había ordenado,
111 se la alcancé arrollada y replegada.
Entonces él volviéndose al derecho lado,
y algo alejado de la orilla
114 la arrojó abajo en aquel profundo abismo.
Preciso es que a novedad convenga,
dije entre mi, un nuevo signo
117 que el maestro con ojo atento espera.

¡Ay! ¡Cuán cautos debieran ser los hombres
con los que no sólo ven los actos externos,
120 sino que por dentro la mente ven con el intelecto!
Y me dijo: Pronto vendrá aquí arriba
lo que yo espero y tu mente sueña;
123 pronto conviene que a tu vista se descubra.

Siempre ante la verdad que cara tiene de mentira,
debe el hombre sellar sus labios tanto como pueda,
126 de modo de no pasar sin culpa vergüenza;
pero aquí callar no puedo; y por las líneas
de esta comedia, lector, te juro,
129 si ellas no fueran de larga fama privadas,
que vi por aquel aire grueso y oscuro
venir por la alto una figura nadando,
132 maravillosa aún para el corazón seguro,
como del fondo regresa el marinero
tal vez de soltar el atrapada ancla
135 de un escollo o de otra cosa en la mar trabada,
que extiende el brazo y la pierna encoge.

CANTO XVII

¡He aquí la fiera de aguzada cola,
que traspasa montes y abate muros y armas!
3 ¡He aquí la que corrompe al mundo entero!
Así empezó a hablarme mi Guía;
y le indicó que se arrimara a la orilla,
6 donde morían los hollados mármoles.
Y aquella inmunda imagen del engaño
vino, y acercó la testa y el tronco,
9 pero a la orilla no allegó la cola.

Su rostro era el de un varón justo,
tan benigna era por fuera la piel,
12 y de serpiente todo el restante cuerpo;
vellosas hasta la axila eran sus zarpas,
la espalda y el pecho y ambos costados
15 de lazos y escudos salpicados.
De más colores, en fondos y relieves,
no habido nunca tela Turca o Tártara,
18 ni hubo tal otra que Aracnea preparara.
Como se ven a veces las barcas en la orilla
que en parte sumergidas y en parte están en tierra,
21 y como allá entre los golosos Tudescos
el castor a lanzar su guerra se apresta,
así la pésima fiera se tenía en el borde
24 de piedra que al arenal encierra.
En el vacío la entera cola agitaba
curvando en alto la ponzoñosa horca,
27 que a modo de escorpión la punta armaba.

El Conductor dijo: conviene que se tuerza
nuestro camino un poco hacia esta
30 fiera malvada que allá se tiende.
Bajamos pues por el lado diestro,
y diez pasos dimos hacia el extremo
33 borde, para evitar la arena y la hoguera.
Y cuando cerca de la fiera fuimos,
algo alejados del horno, sobre la arena
36 vimos gente sentada cabe el abismo.

Aquí el maestro: A fin de que plena
experiencia de este recinto obtengas,
39 me dijo, anda y ve cómo están éstos.
Que sean breves tus parlamentos;
y en tanto vuelves, hablaré con esta
42 para que nos conceda sus hombros fuertes.
Así entonces sobre la extrema testa
del séptimo círculo muy solo
45 anduve a donde estaba la gente triste.

De los ojos fuera manaba su dolor;
de aquí, de allá eludiendo con las manos
48 ya los vapores, ya el ardiente arena;
no de otro modo en el verano hacen los perros
con el hocico o con las zarpas, cuando mordidos
51 de las pulgas, o de las moscas o de los tábanos.
Mirando atentamente a muchos de ellos
que el doloroso fuego azotaba,
54 a nadie reconocí; pero advertí entonces
que del cuello les pendía un saquito
de cierto color y signo marcado,
57 y a sus ojos al parecer deleitoso.
Y cuando vine entre ellos mirando,
en una bolsa amarilla vi un azul
60 que de león tenía la cara y el aspecto.
Después, prosiguiendo mi encuesta
vi otra bolsa como de sangre roja,
63 con una oca más que manteca blanca.
Y uno, que de una puerca azul y gruesa
signado tenía su saquito blanco,
66 me dijo: ¿Qué haces tú en esta fosa?
Ahora vete; y porque aún estás vivo
sabe que mi vecino Vitallano
69 ha de sentarse aquí a mi siniestro flanco.
Entre estos Florentinos yo soy paduano:
a cada rato me aturden las orejas
72 gritando: “Venga el caballero soberano,
que en la bolsa lleva tres picos”.
Aquí torció la boca y sacó fuera la lengua,
75 como el buey cuando se lame el hocico.

Y yo temiendo que el mucho estar ofendiese
al que de poco estar me había advertido,
78 volví la espalda a esas almas tan miserables.
Hallé a mi Guía trepado
del fiero animal sobre las ancas,
81 y me dijo: Sé fuerte y osado.
En esta clase de escala bajaremos ahora;
monta delante que quiero estar en el medio
84 a fin de que la cola no pueda hacerte daño.

Como el que ya cerca el asalto siente
de la cuartana, y yale blanquean las uñas.
87 y tiembla entero sólo de presentir la fresca,
así estaba yo al oír tales palabras;
pero me avergonzaron sus amenazas,
90 las que ante un buen señor dan fuerza al siervo.
Tomé asiento sobre aquellas espaldazas;
y quise de decir, pero la voz no me vino
93 como yo quería: Por favor abrázame.
Pero mi Guía que otras veces me mantuvo
en otros riesgos, así que hube subido
96 en los brazos me estrechó y me sostuvo;
y dijo: Gerión muévete ya:
la ruta es larga, que sea lento el descenso:
99 piensa en la nueva carga que llevas.
Como sal

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SS Goku 4
Publicado: Lun Mar 19, 2007 11:07 am Responder citando
Santo Sapri Santo Sapri
Registrado: 25 Oct 2006 Mensajes: 366 Ubicación: En un lugar del Inframundo.

Buen fragento del libro vi que paarecio el espectro de la gorgona y cerbero muy bueno.

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Sevillano hasta la muerte...


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SeaDragon Kanon
Publicado: Mar Mar 27, 2007 10:49 am Responder citando
Site Admin Site Admin
Registrado: 12 Jul 2006 Mensajes: 629 Ubicación: Atlantico Del Norte.

Muy buen aporte tomoe, veo que vaos por el canto XVI cuantos cantos son?.

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