Disculpen que no lo ponga todo en un mismo tema, creo quede este modo es mucho mejor y más orgamnizado de todos modos, cuando lo ponga todo y si la gente lo pide, pondré la divina comedia entera en un archivo y lo subo a algun servidor de descarga, para que lo impriman como un libro.
Bueno acá aparece el kyoto favorito de Wind Waker.
CANTO III
«Por mi se va a la ciudad doliente,
por mi se ingresa en el dolor eterno,
3 por mi se va con la perdida gente.
La justicia movió a mi alto hacedor:
Hízome la divina potestad,
6 la suma sabiduría y el primer amor.
Antes de mí ninguna cosa fue creada
sólo las eternas, y yo eternamente duro:
9 ¡Perded toda esperanza los que entráis!»
Estas palabras de oscuro tono
vi escritas en el dintel de una puerta:
12 Y dije: Maestro, me es duro el sentido.
Y él a mí, como persona atenta:
Es necesario aquí dejar todo recelo;
15 toda cobardía es necesario que aquí muera.
Hemos venido al lugar donde te dije
habías de ver la gente adolorida,
18 las que han perdido el bien del intelecto.
Después su mano en la mía puso
con rostro sonriente me reanimó,
21 y me introdujo adentro a las secretas cosas.
Allí suspiros, llantos y grandes males
resonaban en el aire sin estrellas,
24 que me hicieron llorar no bien entré.
Lenguas diversas, horribles lenguarajos,
palabras de dolor, acentos de ira,
27 altivas y roncas voces, con puñadas,
tumultuaban todas rondando
siempre en aquel astuto aire sin tiempo,
30 como la arena que el torbellino aspira.
Y yo con el horror ciñéndome la frente
dije: Maestro, ¿Qué es lo que oigo?
33 ¿Y cuál es esta gente tan por el dolor vencida?
Y él a mí: Esta suerte miserable
es de las tristes almas de aquellos
36 que vivieron sin infamia y sin honor.
Mezcladas están con aquel malvado coro
de los Angeles que ni rebeldes fueron
39 a Dios, ni fieles, sino sólo para sí fueron.
Los echa el Cielo por no ser menos hermoso:
y el profundo infierno no los recibe
42 porque sus reos alguna gloria lograrían de ellos.
Y yo: Maestro, ¿Qué les es tan pesado
qué los hace lamentar tan fuertemente?
45 Repuso: Te lo diré brevemente:
Estos no esperan morir,
y es tan villana su ciega vida
48 que envidiosos están de cualquier otra suerte.
De ellos no queda fama en el mundo,
misericordia y justicia los desdeñan:
51 no tratemos ya de ellos, mas mira y pasa.
Y observando vi una insignia
que sin descanso rondaba velozmente
54 incapaz al parecer de detenerse:
y detrás la seguía una multitud
de gentes de la que nunca yo creyera
57 que tantas hubiera deshecho la muerte.
Después de haber reconocido a algunos
me fijé más y conocí la sombra de aquel
60 que miserable hizo la gran renuncia.
De pronto comprendí y certeza tuve
de que esta era la turba de los cautivos
63 que desagradan a Dios y a sus enemigos.
Los desgraciados, que nunca fueron vivos,
estaban desnudos y molestados mucho
66 por moscones y avispas que allí había.
Sangre les regaba el rostro
matizada de lágrimas, que a sus pies
69 fastidiosas lombrices recogían.
Y después que me di a mirar más lejos,
vi gente en la ribera de un gran río:
72 Por lo que dije: Concédeme ahora, Maestro,
que sepa quienes son, y porqué ley
están forzados a transbordar tan presto,
75 a lo que en la turbia luz puedo ver.
Y él a mí: Las cosas te serán contadas
al detener nuestros pasos
78 en la triste ribera del Aqueronte.
Entonces bajé avergonzados los ojos,
temiendo a mi charla por gravosa,
81 y hasta llegado al río hablar no quise.
Y entonces fue cuando a nosotros vi venir
en barco un blanco viejo por antiguo pelo
84 gritando: ¡Ay de vosotras, almas perversas!
¡No esperéis ya más de ver el Cielo!
Aquí vengo a llevaros a la otra orilla
87 a las tinieblas eternas, al calor y al hielo.
Y tú que estás allí, ánima viva,
aléjate de estos que están muertos.
90 Mas luego que vio que yo no me partía
dijo: Por otros puertos, por otra vía
llegarás a la playa para el paso, no por aquí:
93 Conviene que más leve leño te lleve.
Y el Conductor a él: Carón, no te atormentes,
quiérese así allá, donde se puede todo
96 lo que se quiere, y no preguntes más.
Entonces las velludas mejillas se aquietaron
del barquero del lívido pantano
99 de circundados ojos de círculos de fuego.
Mas aquellas infelices almas desnudas
cambiaron de color y rompieron a crujir los dientes
102 al punto de escuchar las palabras rudas.
Blasfemaban de Dios y de sus padres,
de la humana especie, del donde y el cuando y de la semilla
105 de su simiente y de su nacimiento.
Después todas cuantas eran se retiraron juntas
fuertemente llorando, hacia la malvada orilla
108 que aguarda a todo aquel que a Dios no teme.
Carón, demonio, con ojos de ascuas
a ellos señalando a todos recoge;
111 asestando con el remo a quien se atarda.
Como arrastra el otoño las hojas
una tras otra, hasta que la rama
114 devuelve a la tierra todos sus despojos,
de igual forma el simiente malo de Adán:
arrójanse de aquel borde una por una
117 a la señal, como acude el pájaro al reclamo.
Aléjanse entonces por las obscuras ondas
y antes que hayan descendido allá
120 ya se apretujan aquí nuevas legiones.
Hijo mío, dijo el gentil Maestro,
los que mueren en la ira de Dios
123 de todo país todos aquí vienen.
Y ansían cruzar el río
porque tanto los acucia la justicia divina
126 que se les torna el temor deseo.
Por aquí no pasa nunca un alma buena;
y por eso, si de ti Carón se queja,
129 bien comprenderás lo que su decir quiere.
En ese entonces, el oscuro campo
tembló tan fuertemente, que del espanto
132 el recuerdo de sudor me baña todavía.
La tierra lacrimosa lanzó un viento
que centelló en relámpagos bermejos,
135 derrotando todos mis sentidos,
y caí como aquel que cae dormido.
CANTO IV
Quebró el hondo sueño en la cabeza
un feroz tono, tanto que abrí los ojos
3 como quien por fuerza está despierto.
Reposada la mirada entorno recorrí,
erguido, levantado, y atento mirando
6 por reconocer el lugar donde me hallaba.
Verdad es que al borde me encontré
del valle, abismo doloroso,
9 que acoge el tronar de llantos infinitos.
Oscuro, profundo y nebuloso,
tanto, que aun fijando la vista al fondo
12 no discernía cosa alguna.
Descendamos ahora al ciego mundo,
comenzó palidísimo el Poeta;
15 yo iré primero, y tú segundo.
Y yo que advertí el color de su rostro
le dije: ¿Cómo iré si tú te espantas,
18 que sueles ser tú quien mi dudar conforta?
Y él a mí: La angustia de la gente
de allá abajo, tiñe mi rostro
21 de piedad, que de temor tú piensas.
Vamos que nos apremia la larga vía:
allí empezó a moverse y me hizo entrar
24 en el primer círculo que al abismo ciñe.
Aquí, según lo que escuchar podía
no había llanto, mas suspiros tantos
27 que el aire eterno estremecer hacían;
provenía de un dolor sin tormento
que la multitud tenía, que era de muchos e inmensa,
30 de infantes, hembras y varones.
El buen Maestro a mi: ¿Y no preguntas
qué espíritus son los que estás viendo?
33 Quiero que sepas, antes que más andes,
que estos no pecaron, y que si mérito tuvieron
no bastó, pues les faltó el bautismo,
36 que es parte de la fe en la que crees;
y si antes del Cristianismo vivieron
no adoraron a Dios como debieron
39 y entre estos tales estoy yo mismo.
Por tal defecto y no por otro mal
perdidos somos, y heridos sólo en esto:
42 que vivamos sin esperanza y con deseo.
Gran dolor entró en mi corazón al oírlo
pues gente de mucho valor
45 he conocido, que flotaban en aquel limbo.
Dime Maestro mío, dime señor,
comencé yo, por querer estar cierto
48 de aquella fe que vence todo error:
¿De aquí alguno acaso ha salido, por su mérito
o por el de otro, que llegara a ser bendito?
51 Y él que entendió mi habla encubierta,
respondió: Era yo nuevo en este estado,
cuando vi venir un Poderoso
54 de signo de victoria coronado.
Sacó de aquí la sombra del primer padre,
de Abel su hijo, y aquella de Noé,
57 la de Moisés, legislador y obediente;
Abraham patriarca, y David rey,
Israel y el padre, y sus nacidos,
60 y con Raquel por quien tanto hizo,
y a otros muchos; y beatos los hizo:
y quiero que sepas que antes de ellos
63 no hubo espíritus humanos que salvados fueran.
No dejábamos de andar mientra hablaba
pero íbamos siempre por entre la selva,
66 la selva, digo, de apiñados espíritus.
No estaba lejos nuestra senda todavía
de aquí a la cima, cuando vi un fuego
69 que al hemisferio de tinieblas vencía.
Lejos estábamos todavía un poco,
pero no tanto, que en parte yo no viera
72 cuán honorable gente ocupaba aquel lugar.
¡Oh tú que honras ciencia y arte!
¿Quiénes son estos cuyo honor es tan grande
75 que así de las demás gentes se parte?
Y él a mí: la honrada nombradía,
que de ellos resuena allá en tu vida,
78 gracia logra en el Cielo que así los adelanta.
Entonces oí una voz que decía:
¡Honrad al altísimo poeta,
81 retorna su sombra, que partida era!
Luego que la voz callada se detuvo.
Viniendo vi a nosotros cuatro sombras,
84 el rostro tenían ni triste ni alegre.
El buen Maestro comenzó a decir:
mira aquel de espada en mano,
87 que precede a los otros tres, como señor.
Ese tal es Homero, poeta soberano,
el otro que viene es Horacio satírico,
90 Ovidio el tercero, y el último Lucano.
Como a cada uno conmigo corresponde
el nombre que exclamó la voz unísona,
93 con él me honran, y hacen bien.
Así vi reunirse la bella escuela
de aquel señor del altísimo canto
96 que como águila sobre los otros vuela.
Después de entretenerse un poco juntos,
volviéronse a mí con saludable ceño;
99 y mi Maestro sonrióse un tanto:
y aún más honor me confirieron
al incluirme con ellos en su escuadra,
102 y entonces fui el sexto en tan gran consejo.
Y así anduvimos hasta la luz,
hablando cosas que callar es bello,
105 como bello era el hablar allá donde yo estaba.
Llegamos al pie de un noble castillo,
siete veces cercado de altos muros,
108 defendido en torno por un bello riachuelo.
Lo atravesamos, como por firme tierra:
Por siete puertas entré con estos sabios;
111 y llegamos a un prado de verdura fresca.
Había allí gentes de mirada reposada y grave,
de grande autoridad en sus semblantes:
114 hablaban poco y con voz suave.
Nos retiramos entonces a un costado
a un lugar abierto luminoso y alto,
117 de donde a todos se podía ver.
Desde allí, sobre el verde prado,
me fueron mostrados los espíritus magnos
120 que verlos regocijó a mi alma.
Vi a Electra con muchos compañeros,
entre los cuales advertí a Héctor y a Eneas,
123 César en armas, de ojos rapaces.
Vi a Camila y a la Pentesilea
al otro lado, y vi al rey Latino,
126 junto a su hija Lavinia sentado.
Vi a aquel Bruto que arrojó fuera a Tarquino,
Lucrecia, Julia, Marcia y Cornelia,
129 y a parte solitario vi a Saladino.
Y alzando un poco más las cejas
vi al Maestro de aquellos que saben,
132 sentado en medio de la filosófica familia.
Todos lo admiran, todos le honran,
allí vi a Sócrates y a Platón,
135 que más cerca suyo que los otros están.
Demócrito que el mundo del acaso pone,
Diógenes, Anaxágoras y Tales,
138 Empédocles, Heráclito y Zenón,
Y vi al buen apreciador de cualidades
digo a Dioscórides: y vi a Orfeo,
141 Tulio y Lino y Séneca moral:
Euclides geómetra y Tolomeo,
Hipócrates, Avicena y Galeno,
144 Averroes, que el gran comentario hizo.
Mas aquí tratar de todos no puedo;
que a tanto me obliga el largo tema,
147 que a relatar los hechos no basten las palabras.
La compañía de seis se amengua,
el sabio Conductor por otra senda me lleva,
150 lejos del aura tranquila hacia la que tiembla;
y voy a una parte donde nada brilla.
CANTO V
Así pues bajé del círculo primero
abajo al segundo, que menor espacio ciñe,
3 pero más dolor, más punzantes lamentos.
Horrible estaba Minos, rechinando dientes:
Examina las culpas en la entrada,
6 juzga y ordena, conforme se ciñe.
Digo que cuando el alma mal nacida
viene delante, toda se confiesa;
9 y aquel conocedor de pecados
ve cuál es su lugar en el Infierno:
Cíñese con la cola tantas veces,
12 cuantos grados abajo quiere sea puesta.
Siempre delante de él hay muchas almas
que van y vienen, cada cual al juicio,
15 dicen y oyen y después abajo son devueltas.
¡Oh tú que vienes al doloroso albergue
me dijo Minos al verme,
18 dejando su obrar de tan grande oficio,
guárdate de como entres y de quien te fíes:
¡Que no te engañe la amplitud de la puerta!
21 Y mi jefe a él: ¿Porqué gritas entonces?
No impidas su fatal camino:
Quiérese así allá donde se puede
24 lo que se quiere, y no más inquieras.
Ahora comienzan las dolientes notas
a dejárseme oír: he llegado ahora
27 a donde tantos lamentos me hieren.
Vine a un lugar de toda luz mudo,
que ruge como tempestad en la mar
30 cuando contrarios vientos la combaten.
La tromba infernal, que nunca calma,
arrastra en torbellino a los espíritus,
33 volviéndose, y golpeando los molesta.
Cuando llegan ante su propia ruina,
allí son los gritos, el llanto y los lamentos,
36 aquí blasfeman de la virtud divina.
Supe que a un tal tormento
sentenciados eran los pecadores carnales
39 que la razón al deseo sometieron.
Y como las alas llevan a los estorninos
en tiempo frío, en larga y compacta hilera,
42 así aquel soplo a los espíritus malignos
de aquí, de allá, de abajo a arriba, así los lleva;
nunca ninguna esperanza los conforta
45 de algún reposo, o de disminuida pena.
Y como van las grullas entonando sus lamentos
componiéndose en el aire en larga fila;
48 así vi venir, exhalando gemidos,
sombras llevadas por la dicha tromba:
Por lo que dije: Maestro, ¿quienes son aquellas
51 gentes, a quienes el negro aire así castiga?
La primera de aquellos de los que noticia
quieres, me dijo entonces,
54 fue emperatriz de muchas lenguas.
Al vicio de la lujuria estaba tan entregada,
que en su reino fue ley la lascivia
57 por no caer ella misma en el escarnio en el que estaba.
Es Semíramis, de la que se lee,
que sucedió a Nino y fue su esposa,
60 tuvo la tierra que Soldán tiene ahora.
La otra es aquella que se mató amorosa
y quebró la fe de las cenizas de Siqueo;
63 tras ella viene Cleopatra lujuriosa.
Vi a Helena por quien tiempo hubo
tan malvado, y vi al gran Aquiles,
66 que al final combatió con amor.
Vi a Paris, a Tristán; y a más de mil
sombras mostróme y señalóme con el dedo,
69 que de esta vida por amor partieron.
Luego que hube a mi Doctor oído
nombrar las mujeres antiguas y los caballeros,
72 la piedad me venció, y quedé como aturdido.
Y comencé: Poeta, a aquellos que juntos
tan gustosamente van, yo hablaría,
75 que parecen bajo el viento tan ligeros.
Y él a mí: Verás, cuando más cerca
estuvieren: y tú por el amor que así los lleva
78 los llamarás entonces; y ellos vendrán.
Tan pronto como el viento a nos los trajo
les di la voz: ¡Oh dolorosas almas
81 venid a hablarnos, si no hay otro que lo impida!
Como palomas por el deseo llamadas,
abiertas y firmes las alas, al dulce nido,
84 cruzan el aire por el querer llevadas:
Así salieron de la fila donde estaba Dido,
a nos vinieron por el maligno aire,
87 tan fuerte fue el afectuoso grito.
¡Oh animal gracioso y benigno,
que visitando vas por el aire negro enrojecido
90 a nosotros que de sangre al mundo teñimos:
Si fuese amigo el Rey del universo,
a El rogaríamos que la paz te diera,
93 por la piedad que tienes de nuestro mal perverso.
Di lo que oír y de lo que hablar te place
nosotros oiremos y hablaremos contigo,
96 mientras se calla el viento, como lo hace.
La tierra, en la que fui nacida, está
en la marina orilla a donde el Po desciende
99 para gozar de paz con sus afluentes.
Amor, que de un corazón gentil presto se adueña,
prendó a aquél por el hermoso cuerpo
102 que quitado me fue, y de forma que aún me ofende.
Amor, que no perdona amar a amado alguno,
me prendó del placer de este tan fuertemente
105 que, como ves, aún no me abandona.
Amor condújonos a una muerte:
el alma que nos mató caína tiene que la espera.
108 Así ella estas palabras dijo.
Al oir aquellas almas desgraciadas,
abatí el rostro, y tan abatido lo tuve,
111 que el Poeta me dijo: ¿Qué estás pensando?
Cuando respondí, comencé: ¡Ay infelices!
¡Cuán dulces ideas, cuántos deseos
114 no los trajo al doloroso paso!
Luego para hablarles me volví a ellos
diciendo: Francisca, tus martirios
117 me hacen llorar, triste y piadoso.
En tiempo de los dulces suspiros,
dime pues ¿Cómo amor os permitió
120 conocer deseos tan peligrosos?
Y ella a mi: No hay mayor dolor,
que, en la miseria recordar
123 el feliz tiempo, y eso tu Doctor lo sabe.
Pero si conocer la primera raíz
de nuestro amor deseas tanto,
126 haré como el que llora y habla.
Por entretenernos leíamos un día
de Lancelote, cómo el amor lo oprimiera;
129 estábamos solos, y sin sospecha alguna.
Muchas veces los ojos túvonos suspensos
la lectura, y descolorido el rostro:
132 mas sólo un punto nos dejó vencidos.
Cuando leímos que la deseada risa
besada fue por tal amante,
135 este que nunca de mí se había apartado
temblando entero me besó en la boca:
el libro fue y su autor, para nos Galeoto,
138 y desde entonces no más ya no leímos.
Mientras el espíritu estas cosas decía
el otro lloraba tanto que de piedad
141 yo vine a menos como si muriera;
y caí como un cuerpo muerto cae.
CANTO VI
Cuando volví en mí, a la cerrada mente
por el dolor de ambos cuñados,
3 que de tristeza entero me dejó confuso,
nuevos tormentos y más atormentados
de todas partes me rodeaban, a donde me moviera
6 o hacia donde mirara o me volviera.
Estoy en el tercer anillo de la lluvia
eterna, maldita, fría y grave:
9 su ritmo y calidad no cambia nunca.
Granizo grueso, y agua negra, y nieve
que se vuelca por el aire de tinieblas:
12 pudre a la tierra que los recibe.
Cerbero, fiera cruel y aviesa,
con sus tres golas caninas ladra
15 sobre la gente aquí inmersa.
Ojos bermejos, unta y negra la barba,
amplio el vientre, y uñosa tiene la zarpa,
18 a los espíritus clava, destroza y desgarra.
Aullar como perros los hace la lluvia:
se cubren cambiando de uno a otro lado,
21 zarandeados con frecuencia los míseros profanos.
Cuando nos vio Cerbero, el gran gusano,
abrió la boca y desplegó los colmillos:
24 ninguno de sus miembros era calmo.
Mi Conductor entonces extendió los brazos;
cogió tierra y a manos llenas
27 arrojó puñadas dentro de las rugientes fauces.
Como el perro que a ladrar se agota
y se calma al morder la presa,
30 pues sólo a devorarla tiende y lucha por ella,
tal hicieron las mugrientas caras
del Cerbero demonio que tanto atruena
33 a las almas que ser sordas quisieran.
Pasábamos por encima de las sombras que doma
la pesada lluvia, y los pies plantábamos
36 sobre fantasmas que semejaban personas.
Yacían por tierra todas
salvo una que se alzó para sentarse,
39 luego que nos vio pasar delante.
Oh tú, por este infierno traído,
me dijo, reconóceme, si entiendes:
42 tú fuiste, antes que yo deshecho fuera, hecho.
Y yo a él: La angustia que te atormenta
quizá es lo que tan de mi memoria te aparta
45 como si nunca visto te hubiera.
Mas dime ¿Quién eres tú, en tan doliente
lugar metido, y condenado a tal pena
48 que si mayor hubiera no la hay tan cruel?
Y él a mí: Tu ciudad, que está tan llena
de envidia que ya revienta el saco,
51 consigo me tuvo en la serena vida.
Vosotros, ciudadanos, me llamasteis Ciacco:
Por la dañina culpa de la gula estoy,
54 como tú ves, bajo la lluvia abatido:
y yo, triste alma, no estoy sola
que todas estas en igual pena están
57 por símil culpa, y no diré ya más nada.
Yo le repuse: Ciacco, tus penurias
me pesan tanto, que a lagrimear me llaman:
60 pero dime, si lo sabes, ¿En qué han de parar
los ciudadanos de la ciudad dividida?
Si hay alguno allí que sea justo; y dime la razón
63 que de tan gran discordia esté invadida.
Y él a mí: Después de largos debates
vendrán a verter sangre, y la parte de la selva
66 expulsará a la otra con gran ofensa.
Luego conviene a seguir que esta caiga
a los tres soles, y que la otra suba
69 con la fuerza del que por ahora calla.
Alta tendrá largo tiempo la frente
teniendo a la otra bajo imperio grave,
72 por lo que esta llora y por lo que se afrenta.
Justos hay dos, mas no los escucha nadie:
Soberbia, envidia y avaricia son
75 tres centellas que guardan los corazones ardiendo.
Aquí puso final a su llorosa voz
y yo le dije: quiero que más me enseñes,
78 y que de hablar me hagas presente.
Farinata y el Tegghiaio, que tan dignos fueron,
Jacobo Rusticucci, Enrique y el Mosca,
81 y a otros que a bien hacer se ingeniaron,
dime dónde están, y haz que los vea;
que me oprime de saber un gran deseo
84 si el Cielo los endulza o si los pudre el Infierno.
Y me dijo: Están entre las almas más negras;
diversa culpa los arrastra al fondo:
87 si a tanto desciendes los podrás ver.
Mas cuando tú estés en el dulce mundo
te ruego que a la memoria de otros me devuelvas;
90 más no te digo, y más no te respondo.
Los rectos ojos miraron de reojo,
miróme un trecho, inclinó la testa,
93 y cayó de bruces entre los otros ciegos.
Y el Conductor me dijo: Ya no ha de levantarse
hasta el sonar de la angélica trompeta,
96 cuando venga el poder adverso.
Cada uno encontrará su triste tumba,
recobrará su carne y su figura,
99 oirá la voz que por la eternidad resuena.
Y así cruzamos por la mezcla impura
de sombra y lluvia, con pasos lentos,
102 tratando un algo de la vida futura;
por donde dije: Maestro, estos tormentos
¿Serán mayores después de la gran sentencia,
105 o se harán menores, y serán tan ardientes?
Y él a mí: Vuelve a tu ciencia,
que quiere que, cuando la cosa es más perfecta,
108 más sienta el bien, como también la dolencia.
Aunque todas estas malditas gentes
no llegarán nunca a la perfección verdadera,
111 de allá, más que de acá, estar esperan.
Giramos en torno de aquel camino,
hablando mucho más de lo que digo:
114 llegamos al punto donde se desciende.
Allí encontramos a Plutos, el gran enemigo.
CANTO VII
"Pape Satan, pape Satan Aleppe",
comenzó Plutos con la voz clueca,
3 y aquel Sabio gentil, que lo conoce todo,
dijo para animarme: Que no te inquiete
el temor, que, por poder que tenga,
6 no te impedirá que desciendas esta roca.
Luego volvióse a aquellos airados labios,
y dijo: Cállate, maldito lobo:
9 Consúmete adentro con tu rabia.
No sin razón venimos a lo profundo:
Quiérese en lo alto, allá donde Miguel
12 tomó venganza de la soberbia tropa.
Como por el viento las hinchadas velas
caen derribadas cuando el mástil se quiebra,
15 tal cayó a tierra la acerba fiera.
Así bajamos al espacio cuarto
acercándonos más a la doliente ribera
18 que el mal del universo todo encierra.
¡Ay justicia de Dios! ¿Nuevos trabajos
y penas tanto amontonas, cuantas yo vi?
21 ¿Y porqué nuestra culpa nos destruye así?
Como la ola allá sobre Caribdis
se estrella contra aquella que le viene en contra,
24 así aquí, forzadas, locas danzan las almas.
Aquí más que en otra parte vi mucha gente,
que de una banda a la otra con aullidos grandes,
27 con el pecho se arrojaban enormes cargas:
Se golpeaban uno al otro, y de allí luego,
cada uno volviéndose, recomenzaba atrás,
30 gritando: ¿Porqué acaparas? ¿Porqué derrochas?
Así rondaban por el tétrico anillo
desde un opuesto al otro extremo,
33 siempre gritando el injurioso estribillo.
Después, alcanzado el medio giro,
volvía cada uno por nueva justa.
36 Y yo que el corazón compungido tenía
dije: Maestro mío, hazme saber
qué gente es esta, y si son clérigos
39 los tonsurados aquí a la izquierda.
Y él a mí: Todos estos fueron tan miopes
de la mente, que en la vida anterior
42 ningún gasto hicieron con mesura.
Así su voz a ellos clara los declara:
cuando llegan a los dos puntos del cerco
45 que de la culpa contraria los separa.
Estos fueron clérigos, los que tienen la coronilla
pelada en la cabeza, y Papas y Cardenales,
48 a quienes de la avaricia los doblegó la soberbia.
Y yo: Maestro, entre estos tales
debiera yo reconocer bien a algunos,
51 que fueron inmundos de estos males.
Y él a mí: Adunas pensamientos vanos:
La villana vida que los hizo deformes,
54 a reconocerlos hoy los hace oscuros;
eternamente se darán de cornadas;
resurgirán estos del sepulcro
57 con el puño cerrado y estos otros con la crin rapada.
Mal dar y mal guardar, del bello mundo
los ha privado, y metido los ha en esta guerra;
60 que ya no hace falta más decir cuál sea.
Ahora, hijito mío, mira cuán breve es la vida
de los bienes encomendados a la Fortuna,
63 por los que tanto la gente se engríe y se disputa,
que todo el oro que hay bajo la Luna
y que ya hubo, de estas almas fatigadas
66 no podría sosegar a ninguna.
Maestro, le dije, dime todavía:
Esta Fortuna de que me hablas,
69 ¿Cómo es que los bienes del mundo tiene tan entre las garras?
Y él a mí: ¡Oh locas criaturas,
cuánta es la ignorancia que os ofende!
72 Quiero que mi sentencia engullas:
Aquel, cuyo saber todo trasciende,
hizo los Cielos, les dio quien los conduzca
75 de modo que por toda parte esplenden,
distribuyendo la luz igualitariamente:
en forma semejante, del esplendor mundano
78 ordenó una ministro y conductora general,
que permutara a su tiempo los bienes vanos,
de pueblo en pueblo, de una a otra sangre,
81 por sobre los intentos del criterio humano.
Por donde una nación impera y otra languidece,
conforme al juicio de ella,
84 que oculta está como el áspid en la hierba.
Vuestro saber no se compara al de ella:
Ella procura, juzga y continúa
87 su reino, como cada dios el suyo.
Sus permutaciones no tienen tregua;
necesidad la obliga a ser veloz,
90 y así es común que una a otra suceda.
Esta es aquella que es crucificada
por quienes ya debieran alabarla,
93 maldiciéndola sin razón y a malas voces.
Pero ella es feliz consigo y no las oye:
con las otras primas criaturas siempre alegre,
96 gira su esfera, y bienaventurada goza.
Ahora pues a mayor dolor descendamos:
que caen todas las estrellas que al empezar
99 surgían, y está prohibido el mucho demorarse.
Atravesamos del círculo a la otra ribera,
sobre una fuente hirviente, y que vierte
102 en un arroyo que de ella deriva.
El agua era muy oscura sin ser negra,
y nosotros, en compañía de las ondas brunas,
105 fuimos bajando por una inusitada vía.
En un pantano viértese, el llamado Éstige,
regato triste, cuando ha descendido
108 al pie de las malignas playas grises.
Y yo, con la mirada intensa,
fangosa gente vi en aquel pantano,
111 desnudas todas y con semblante airado.
Se castigaban no con palmadas
mas a cabezazos, pechadas y patadas,
114 mordiéndose a dentadas, pedazo a pedazo.
El buen Maestro dijo: Hijo ahora mira
las almas de aquellos a quienes venció la ira:
117 y quiero que por cierto creas,
que bajo el agua hay gente que suspira,
y borbotean esta agua que está arriba,
120 como el ojo te dice, a donde gire.
Inmersos en el limo dicen: Tristes fuimos,
bajo el aire dulce que del Sol se alegra,
123 llevando adentro un amargado humo:
Ahora nos apenamos en este negro cieno.
Este himno barbotaban en el garguero
126 porque hablar no pueden con palabra entera.
Así en derredor de la fétida poza
fuimos girando entre la seca orilla y el fango
129 mirando atentamente a los que engullen barro;
y llegamos finalmente al pie de una
CANTO VIII
Digo pues, continuando, que mucho antes
de llegar al pie del alta torre,
3 nuestros ojos se fueron arriba hacia la cima,
por dos llamitas que allí veíamos brillar
y una a otra de lejos mandar señas,
6 tanto que a penas podía la vista apartar.
Y, vuelto al mar de todo sabio aviso
le dije: ¿Qué dice este fuego y qué responde
9 aquel otro? ¿y quiénes lo hacen?
Y él a mí: Por sobre las sucias ondas,
ya puedes atisbar lo que se espera
12 si el humo del pantano no lo esconde.
Cuerda no despidió de sí jamás saeta
que corriera tan veloz en el aire suelta,
15 como vi yo a una nave pequeñita
venir hacia nosotros por el agua aquella,
gobernada por sólo un piloto
18 que gritaba: ¡Haz llegado al fin alma perversa!
¡Flegias, Flegias, mi señor le dijo,
esta vez gritas en vano!
21 Más no nos tendrás sino es pasando el lodo.
Como aquel que un gran engaño percibe
le ha sido hecho, y luego se lamenta,
24 tal hizo Flegias, conteniendo la ira.
Mi Conductor descendió en la barca
y luego me hizo entrar al lado suyo,
27 mas sólo, cuando yo entré, sufrió la carga.
Luego que el Conductor y yo en el leño fuimos
se fue la antigua proa cortando
30 el agua, más que cuando a otros lleva.
Mientras surcábamos la corriente muerta,
ante nosotros se alzó uno de fango lleno,
33 y dijo: ¿Quién eres tú que vienes antes de hora?
Y yo a él: Así vengo, no me detengo,
pero tú que estás tan sucio ¿quién eres?
36 Respondió: Mira que soy uno que llora.
Y yo a él: Con el llorar y con el luto
quédate, espíritu maldito,
39 que te conozco aunque estés todo enlodado.
Extendió entonces las manos al leño:
pero el Maestro lo rechazó advertido
42 diciendo: ¡Vete de aquí con los otros perros!
Después el cuello me ciñó su brazo,
besóme el rostro y dijo: Alma indignada
45 bendita aquella que de ti fue encinta.
En el mundo este fue persona orgullosa,
bondad no hay suya que alguien recuerde:
48 por eso está aquí tan furiosa su sombra.
¡Cuántos creen allá arriba ser grandes reyes,
que aquí estarán, como cerdos en el barro,
51 dejando tras de sí horribles infamias!
Y yo: Maestro, estoy muy deseoso
de verlo sofocado en esta sopa
54 antes que nos salgamos de este lago.
Y él a mí: Antes de que la orilla
se deje ver de ti, serás saciado:
57 es justo que de tal deseo goces.
Entonces pude ver cuál estropicio
de él hicieron las fangosas gentes,
60 que aún a Dios alabo y agradezco.
Todos gritaban: "¡Ea Felipe Argenti!";
y el florentino espíritu irritable
63 él mismo se hincaba con los dientes.
Allí lo dejamos, que más no cuento:
pues al oído me llegó un lamento
66 que me forzó a mirar atentamente hacia adelante.
El buen Maestro dijo: Ahora hijito mío
se acerca la ciudad de nombre Dite,
69 de pesados ciudadanos, grandes escuadras.
Y yo: Maestro ya sus mezquitas
bien adentro de este valle veo,
72 bermejas, como si del fuego salidas
fueran. Y él me dijo: El fuego eterno
que les arde adentro, las muestra rojas,
75 como tu puedes ver en este bajo infierno.
Al fin llegamos adentro de las altas fosas,
que vallan esa desolada tierra:
78 pensé que de hierro fueran los muros.
No sin rondar un giro grande primero
venimos al lugar donde con fuerza el remero
81 ¡Salid, nos gritó, esta es la entrada!
Vi a más de mil sobre las puertas
del cielo llovidos, que irritadamente
84 decían: ¿Quién es este que sin la muerte
va por el reino de la muerta gente?
El sabio Maestro mío, hizo ademán
87 de querer hablarlos en secreto.
Abatieron un poco su gran desprecio
y dijeron: Ven tú sólo, y que aquel se vaya,
90 que así de osado entró en este reino.
Que se vuelva solo por la demente vía:
Pruebe si sabe; tú haz de quedarte aquí,
93 que fuiste su escolta en comarca tan sombría.
Piensa, lector, cómo quedé desconsolado
las malditas palabras oyendo,
96 que ya descreía de poder regresar nunca.
¡Oh amado Conductor mío, que más de siete
veces me has devuelto a seguro, y de peligros
99 grandes me has librado en los que estuve!
No me dejes, dije, así deshecho:
que si el más andar se nos niega
102 volvamos raudos sobre nuestros pasos.
Y aquel Señor que allí me había llevado
me dijo: No temas, que nuestro paso
105 nadie impedirlo puede: del tal nos fue dado.
Mas aquí espérame, y el espíritu perdido
conforta y alimenta de esperanza buena,
108 que no te dejaré en el mundo bajo.
Y así se va, y allí mismo me abandona
el dulce Padre, y yo quedé en la incierta duda,
111 que el si y el no en la mente me combaten.
Oír no pude lo que a ellos dijo:
mas no estuvo con ellos mucho tiempo,
114 que adentro todos a seguro se metieron.
Cerraron nuestros adversarios las puertas
ante el pecho de mi Señor, que quedó afuera,
117 y volvió hacia mi con lentos pasos.
Bajos los ojos y las cejas sin osadía
llevaba, y entre suspiros decía:
120 ¿Quién me ha negado a las dolientes casas?
Y a mí medijo: Tú, porque irritado me ves
no te inquietes, que venceré la prueba,
123 fuese quien fuese el que la prohibición opuso.
Esta insolencia no es nueva
que ya la usaron ante una secreta puerta
126 que aún sin cerradura se encuentra.
Sobre ella has visto ya la escritura muerta:
Pero más acá de ella descendiendo el camino,
129 viene por los círculos sin escolta,
uno por quien se nos abrirá la puerta.
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